Los fantasmas de La costura y
el espíritu rebelde de los vivos

Obrero Revolucionario #1045, 5 de marzo, 2000

ahora tiene una cuota
el crucifijo de la aguja y el hilo
vendida al otro lado de la nueva frontera de la esclavitud
cosiendo algodón
la punta a una pulgada de su vena
se acerca el capataz
sus pasos le estremecen el cerebro
su presencia la aterra
obscurece su día
ni un minuto de descanso
ni un minuto pa' rezar...
son sus montañas y cielo y en su entorno resplandece
se regenera con los ríos de sangre de la historia
y como el sol que desaparece y reaparece
María está aquí para siempre
su tiempo se acerca
nunca conquistada pero siempre presente

"María", Rage Against the Machine, del CD The Battle of Los Angeles

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"La escalera iba subiendo. Desde el reborde del noveno piso, una muchacha agitaba un pañuelo. De repente, la escalera dejó de subir. Los bomberos ya no le daban vuelta a la manivela. La multitud gritaba, con una sola voz: `¡Suban la escalera!'. Pero había subido al máximo y solo alcanzaba hasta el sexto piso. La multitud seguía gritando. La muchacha dejó de agitar el pañuelo; una llama le quemaba el borde de la falda. Saltó y trató de agarrarse del tope de la escalera, que estaba como a 10 metros, pero fue inútil y cayó como un cometa en llamas".

The Triangle Fire, de Leon Stein

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En el incendio de 1911 de la fábrica Triangle Shirtwaist en Nueva York murieron calcinadas 147 costureras, casi todas jóvenes inmigrantes. A muchas las encontraron apiñadas contra una puerta cerrada con candado por fuera. Otras se tiraron del octavo y noveno pisos.

El incendio es famoso en la historia de Estados Unidos: deslindó los tiempos de "antaño", cuando los trabajadores no tenían protección laboral, y el "hoy", cuando hay leyes para proteger a los trabajadores. Estoy en el corredor de uno de los edificios viejos del distrito de La costura, en el centro de Los Angeles, y hay muchos talleres de "antaño". Por la ventana de una puerta emparrillada veo filas y filas de cabezas agachadas y montones de tela acumulados en los pasillos. Siento la tensión, la presión que acompañan al ritmo y ruido de las máquinas. De repente, unos ojos negros levantan la mirada y puedo ver en ellos cansancio, resolución y furia. Los fantasmas del incendio de la fábrica Triangle están aquí, tocando la puerta.

Estoy en el patio de un edificio de apartamentos esperando que Sandra y los hijos de Leticia regresen de la lavandería. Estas amigas, que saben lo que es trabajar en la costura, y yo vamos a ver un video sobre el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist. Tienen un profundo conocimiento adquirido en carne propia y una sabiduría que no sabían que tenían hasta que la empezaron a compartir. Saben lo que es estar en el reborde de la ventana con las llamas quemándoles la falda. Leticia tiene tres hijos y limpia casas, aunque de vez en cuando también cose en casa para una costurera que vende ropa en mercados.

Desde afuera se oye la máquina de coser. Por la ventana sale la letra de una canción de Ramón Ayala, que queda suspendida en el aire: "Quisiera tener alas". Un remolino de niños anda persiguiendo a las gallinas, hasta que los frena en seco la campana de un paletero. Enseguida vienen corriendo con la mano abierta pidiendo pesetas. Un señor, cansado, con una sonrisa y un sombrero tejano, pesca las paletas. En eso llega Sandra y se bajan los niños cargando bolsas de ropa limpia. Es hora de ver el video.

Sandra empieza la conversación con énfasis: "Esto que estamos viendo ocurrió en 1911, ahora estamos en el 2000, ¡y nada en absoluto ha cambiado! ¡De hecho, estamos más fregados! Hoy hay maquinaria y tecnología avanzada, y se supone que el trabajador debería tener mejores condiciones de trabajo. Después del incendio, se luchó por mejores reglamentos y se supone que uno debería trabajar en mejores condiciones, ocho horas y recibir el salario mínimo. Si esas leyes existen, ¿dónde están?".

Un estudio del gobierno de 1996 señaló que 75% de los talleres de costura presenta alta probabilidad de "morir o sufrir lesiones físicas graves". Los talleres de superexplotación han sido tan constantes en la historia de Estados Unidos que, hace poco, el Instituto Smithsonian, el mayor museo del país, presentó una exposición titulada: "Historia de los talleres irregulares en Estados Unidos, desde 1820 hasta el presente".

Sandra va al grano: "Esto no va a parar mientras existan la explotación y la necesidad de emigrar y trabajar en condiciones de inseguridad y peligrosas, trabajando como esclavos. ¡Imagínate el dinero que se ganan explotando a los inmigrantes!".

El cruel trabajo por pieza

"En la mañana las muchachas tienen que estar en su máquina a las siete, y trabajar hasta las ocho de la noche. Les dan media hora para almorzar... solo una fila de máquinas recibe un poco de luz del sol... y [para los patrones] las muchachas son un apéndice de las máquinas. Les gritan y las insultan, peor que a los esclavos del Sur...".

Este comentario sobre los talleres de la costura a principios del siglo pasado, citado en "Life in the Shop", de Clara Lemlich, se aplica a los talleres de hoy.

Leticia nos cuenta de cuando trabajaba en la costura: "Solo ganaba $80 a la semana trabajando de ocho a nueve horas al día. Hacía el forro blanco de los bolsillos de los pantalones; me pagaban dos centavos por pieza. Eramos cuatro las que hacíamos eso y nunca había suficiente trabajo para todas. Así que cuando uno llegaba no estaba segura si iba a trabajar o si tendría que hacer cola y esperar su turno. Luego empezaba el `¡No! ¡Esto era para mí, no para ti! ¡No! ¡Es mi turno!' Eso era lo peor, tener que pelear entre nosotras para trabajar. Pero era igual para todas, obligadas por la necesidad. De los $80 tenía que pagar para que me cuidaran los niños, bus y el almuerzo.

"Aunque nos pagaban por pieza el patrón nos gritaba. Me preguntaba: `¿Por qué nos grita? Si nos pagan por pieza nos pagan por lo que hacemos. ¿Qué le importa si nos tomamos un descanso?' Pero si uno va al baño, le gritan. Si deja de trabajar un minuto, le dicen: `La máquina siempre tiene que estar funcionando'.

"No marcábamos tarjeta y uno tenía que llevar la cuenta de lo que cosía con unos tickets que venían con cada bulto de tela. O sea, cuando le dan el bulto, uno se queda con una parte del ticket y el patrón con la otra. El último día de la semana uno lleva los tickets a la oficina, hace cola y espera el cheque. ¡Muchas veces ni pagan! El dueño se lamenta: `¡No me han pagado a mí, así que no les puedo pagar a ustedes!' No les importa que uno tiene hijos que alimentar. Otras veces, no están de acuerdo con la cantidad de tickets y hay que ponerse a discutir, y aunque uno pruebe que tiene la razón salen con: `Pues, será en el próximo cheque'. Aguantar una semana más sin los $80. Pero qué más le queda a uno que trabajar en la costura, esperando que el día de mañana sea mejor".

Por ley, el trabajo por pieza debe pagar lo mismo que el salario mínimo. Pero en los últimos 18 meses el salario mínimo ha subido 35% y el trabajo por pieza no. Por eso en realidad el trabajo por pieza ha bajado porque para ganar lo mismo hay que trabajar más rápido.

En 1998, el 60% de los talleres de costura de Los Angeles cometió violaciones de reglamentos salariales y de horas extra. Los patrones deben 73 millones de dólares por salarios atrasados. En 1992, la Migra firmó un acuerdo con la Secretaría de Trabajo: el empleado que quiera entablar una queja por horas extras no pagadas u otros incumplimientos de la ley, tendrá que presentar el formulario I-9 (constancia de permiso de trabajo). O sea, ¡si uno se queja, lo deportan!

Una trabajadora de la fábrica Triangle Shirtwaist escribió: "Jamás olvidaré el anuncio que ponían los sábados cerca del ascensor: `Si no vienes el domingo, ni pienses en regresar el lunes'".

Leticia dice: "Conozco a una señora que entra a trabajar a las tres de la mañana. Trabaja hasta las cuatro de la tarde, pero solo le pagan por ocho horas. El patrón le paga un dinerito extra y le dice: `Si quieres trabajar mañana, empezamos a las tres de la mañana'. Pero si no `quiere', hay 10 personas esperando turno. Pobrecita, cómo va a decir: `No quiero trabajar'. Por eso yo digo que la esclavitud todavía existe".

Sandra nos contó lo que le pasó a Sylvia, una amiga que trabajaba en un garaje con candado. "Tenía tres hijos y era la única que trabajaba. Una navidad no le habían pagado en tres semanas. Temía que si se iba, perdería lo que le debían o que el patrón cerraría y desaparecería sin pagarles. Por necesidad empezó a trabajar en casa. Después de la jornada o los fines de semana, Sylvia se la pasaba jorobada sobre la máquina, amontonando pantalones, cose y cose, no importaba la hora del día, siempre trabajando. Le preocupaban los dolores de espalda y de estómago de tanto trabajar. ¿Qué pasaría si no podía trabajar?, decía. Por supuesto que no tenía seguro médico ni ahorros. Su hija mayor estaba en un instituto de belleza y quería que los otros hijos fueran a la universidad". Un día Sylvia desapareció y Sandra no supo más de ella.

Red de explotación y desigualdad

Las enormes cadenas de almacenes como Wal-Mart y K-Mart, que prácticamente controlan la producción mundial de ropa, dicen que desconocen las condiciones en que se produce la ropa que venden, pero sacan jugosas ganancias chupándole la sangre a trabajadoras de este y el otro lado de la frontera, y del resto del mundo. En promedio, las costureras que trabajan en Estados Unidos ganan $7200 al año y tienen tres hijos que mantener. Pero además tienen que mantener a la familia de México.

Como dice Leticia: "Uno tiene que mandar dinero porque no tienen nada. No importa si a uno apenas le alcanza para pagar la renta o para comer, tiene que mandar dinero".

Sandra: "Allá de donde somos, antes solo los hombres venían a trabajar para mandar dinero a la familia. Pero ahora la economía obliga a hombres y a mujeres a venir a ganarse la vida. Cuando ella y yo vinimos la primera vez, nos tocó dejar los niños".

Leticia: "Uno no puede dormir pensando en la llamada con la noticia de que un hijo está enfermo, que se ahogó o que lo picó un alacrán. Cuando está comiendo, piensa si ellos están comiendo. Aunque uno esté trabajando y saliendo adelante, se siente triste".

Sandra: "Ahora vienen con leyes que están creando fobias y odio contra los trabajadores inmigrantes. Crean la idea de que los latinoamericanos vienen para quitar trabajos a los de aquí. Dicen que somos `una carga social', `cafres', `que tenemos muchos niños sucios'. Eso empeora las condiciones de trabajo porque los dueños se sienten con más derecho de discriminar contra nosotros. Es muy importante para el sistema construir y preservar esa red que nos tiene atrapados, con todas sus desigualdades y maneras de hacer pelear a los unos contra los otros. Por eso es que cuando oigo decir que van a parar la inmigración, digo `puro cuento'.... No les conviene.

"Se supone que hay leyes para proteger a los trabajadores. Pero ahora otras leyes perjudican a los inmigrantes que hacen todos los trabajos: no nos dejan ir a hospitales, obligan a hablar inglés; es imposible conseguir una licencia de manejo, una tarjeta de identificación o ayuda del gobierno. Ahora pueden deportar a alguien que agarraron manejando ebrio hace 20 años. La verdad es que pusieron esas leyes para que el trabajo sea más como la esclavitud. Para esclavizarnos más. Quieren desigualdad, es un arma que protege su producción".

Leticia: "La vida aquí es muy triste. La discriminación es lo que deprime".

Sandra: "En todo eso, en toda esa mugre, en toda esa asquerosa explotación de los trabajadores, veo un rayo de esperanza. Mira al Sur Centro de Los Angeles. Antes era afroamericano, gente que salió de la esclavitud y tuvo que aprender a sobrevivir en este sistema racista. Ahora tienen vecinos de América Latina, de Centroamérica, México; trabajadores que huyen de la pobreza y la persecución política, que huyen de escuadrones de la muerte. Ahora viven juntos, y estando juntas todas esas razas y culturas empiezan a darse cuenta de su situación común, de que si no luchamos juntos seguiremos pobres y oprimidos".

Romper las cadenas

Hay otros fantasmas que recorren La costura y dan esperanza a los vivos: las mujeres que participaron en el "Levantamiento de las veinte mil", el movimiento de las costureras inmigrantes de 1910 en Nueva York que inspiró el Día Internacional de la Mujer como celebración comunista. Ese levantamiento ha inspirado mucho a Sandra y a Leticia. Les pregunto sobre las cadenas que hoy agobian a la mujer y sobre la lucha que se necesita para lograr un cambio.

Leticia: "Los hombres cuando llegan del trabajo vienen a sentarse, ¿no? Es que están cansados. ¿Y la mujer? Prepara la comida para los hijos, para el esposo. Entra el hermano y ella se levanta para prepararle un plato. No importa quién entre, ella tiene que levantarse para darle de comer. Esas son las costumbres que traemos, estamos condicionadas a eso, a servir al esposo y a los hijos.

"Nuestra situación es difícil desde que nacemos. Cuando damos a luz y es una niña, quieren un varón, especialmente si es el primero. Aunque uno sea la mayor, el hermano tiene derecho de pegarle porque es el hombre. Es que la mujer lleva toda la carga. La gente culpa a la mujer de todo, de cualquier problema con los hijos. Las mujeres tienen que abrir los ojos, las cosas tienen que cambiar. Por eso es que siempre andamos hablando con mujeres. Tenemos que ir a protestas y a marchas".

Sandra: "La mujer es la esclava del esclavo. Ella sufre lo peor de la opresión, la cadena de ser madre, esposa y trabajadora, trabajando el doble de lo que trabaja el hombre. Y además lleva la responsabilidad de los hijos. Y cuando son adolescentes uno empieza a pensar y a comparar: quizá hubiera sido mejor si no los hubiera traído. Por razones económicas tuve que tomar la decisión de criarlos aquí. Así y todo, uno piensa: probablemente yo tengo la culpa de que sufran por las pandillas, la drogadicción, que los meten en la cárcel. Porque ese es el único futuro que tienen nuestros hijos viviendo aquí como inmigrantes.

"Mira, es muy pesada la cadena que tenemos hoy. La mujer siempre piensa en sacar adelante a la familia y sabe lo que es luchar por otros. Ella vive bajo la opresión de generaciones y sabe que su hija seguirá el mismo camino, ya está hecho. Cuando la mujer lucha, por lo general lucha con una visión más amplia, con más empuje, con una fuerte motivación de que si unimos nuestras luchas puede cambiar nuestra situación. Eso es lo que vimos en el Levantamiento de las veinte mil. Esa lucha prendió otra lucha por mayores cambios. No luchaban por ellas mismas, sino por todos los pobres".

Sandra y Leticia enarbolan la consigna "¡Romper las cadenas! ¡Desencadenar la furia de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!". Cuando les pregunto lo que significa para ellas, se ríen; yo también me río. Sandra dice: "Nos reímos de alegría cuando oímos esas palabras. Cuando la mujer acepta que tiene derecho a sentir la furia que siente, nos permite pensar que sí se puede. Nos da energía para levantar la cabeza y luchar por algo mejor".

Me voy pensando que Sandra y Leticia son parte del proletariado de Estados Unidos y de lo afortunado y maravilloso que es para nuestra clase que estén aquí con tanto que enseñarnos, ¡uniendo más la lucha de esta ciudadela imperialista con nuestros hermanos y hermanas al sur de la frontera! Para que nuestra revolución tumbe a este imperio y convulsione al mundo entero. ¡Un día esta clase dirigirá la sociedad mundial y liberará de veras a la humanidad!


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